19 de Septiembre, 2017


CENTINELAS DE LA AURORA: PARA CRECER EN LA ESPERANZA

 


Homilía del Arzobispo de Santiago, Cardenal Ricardo Ezzati A., sdb “TE DEUM LAUDAMUS” POR LA PATRIA 18 de Septiembre de 2017. "Es urgente superar la tentación de un laicismo agresivo que pretende marginar la fe del pueblo de la esfera pública y que, arrogantemente busca negarle la justa visibilidad propia de una respetuosa libertad cultural" "
   

Homilía del Arzobispo de Santiago Card. Ricardo Ezzati A., sdb

Textos bíblicos: Sir. 51, 13-21 / Ps. 19, 8-11 / Mt. 5, 13- 16

1.- El amanecer de este gozoso día de la Patria, convoca a chilenos y chilenas a encontrarse con los más nobles valores que constituyen el alma de Chile, para agradecer y, a la vez, para comprometerse aún más, con su patrimonio espiritual, expresión genuina y agradecida de su preciosa identidad republicana. Es la ofrenda que, con sentimientos de fe, presentamos al Señor, como acción de gracias, porque, a lo largo de la historia, Él ha educado al pueblo chileno a no dejarse abatir por las tribulaciones, a vivir como comunidad agradecida y fortalecida por la comunión y la solidaridad de hermanos, con la confianza y la esperanza puesta en Él y en la materna protección de la Virgen del Carmen.

Hoy, hombres y mujeres de fe, pertenecientes a la Iglesia Católica, a Comunidades Cristianas hermanas y a otros credos religiosos, junto a la más alta Autoridad de la Nación, la Señora Presidenta de la República, doña Michelle Bachelet Jeria, -a quien saludo con respeto-, a Ministros de Estado y equipos de gobierno, Autoridades del poder Legislativo y Judicial, Altos Mandos de las Fuerzas Armadas y de Orden, Autoridades Regionales y Comunales, Organizaciones Comunitarias, Cuerpo Diplomático, obispos, sacerdotes, pastores, consagradas y consagrados, laicos y laicas, reunidos en esta secular Catedral de Santiago, con gratitud y confianza, renovamos el propósito de aguardar “como centinelas la aurora” y como “esforzados albañiles”, la luz, la misericordia y la salvación que vienen de nuestro Dios, don de vida abundante para todo el pueblo de Chile (Cf. Salmo 130). 2

2.- “¿Qué me ha sido dado esperar?”, se preguntaba el filósofo Kant, mirando el porvenir de la historia humana. ¿Qué nos es dado esperar de nuestro futuro, del futuro de Chile, la patria que amamos? No se trata de una pregunta ociosa. Lo que está detrás de la pregunta es la vida buena, el futuro de cada chileno y chilena, de la entera comunidad nacional, del futuro que anhelamos.

“Aguardar como el centinela la aurora” significa, entonces, aprender a otear atentamente el horizonte para acertar, con claridad meridiana, la meta a la cual tender y hacia la cual conducir, sabiduría indispensable para todos los ciudadanos y, de manera especial para quienes tienen la honrosa responsabilidad de guiar y de gobernar. Es la sabiduría que invocó la bíblica figura del rey Salomón: “Tu siervo está en medio del pueblo que elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar, ni calcular. Enséñame a escuchar para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal…”. El relato bíblico termina alabando la opción del gobernante: “Al Señor le pareció bien que Salomón pidiera sabiduría y le dijo: por haber pedido esto y no haber pedido una vida larga, ni haber pedido riquezas, ni haber pedido la vida de tus enemigos, sino inteligencia para acertar en el gobierno, te daré lo que has pedido: una mente sabia y prudente como no la hubo antes ni la habrá después de ti.” (1 Re 3,6-14).

“Aguardar como el centinela la aurora”, presupone el cultivo de una actitud humilde, de búsqueda y de servicio, lo que implica discernir metas altas e itinerarios que lleven a ellas, desenmascarando, a la vez, las sirenas seductoras y engañosas que aparecen en la travesía, y emprender los exigentes itinerarios que el salmo identifica como “la luz, la misericordia y la salvación que vienen de Dios”, es decir, el don de una vida abundante para nuestro pueblo.

“Aguardar como centinela la aurora” comporta finalmente, “buscar la manera de poder alentar, acompañar y estimular los esfuerzos que hoy se hacen para mantener viva la esperanza y la fe, en un mundo lleno de contradicciones.”(cf. Francisco, “El indispensable compromiso de los laicos en la vida pública de los Países Latinoamericanos, 4 de marzo de 2016). En efecto, los sentimientos de frustración y de temor a causa de las crisis y pruebas de nuestros días, de los problemas sociales y políticos que enfrentamos, de los desafíos culturales y los estilos de vida que nos desafían, amenazan apagar la esperanza de la nueva aurora que asoma y debilitar el compromiso de ser parte de ella. La oración de esta mañana quiere sostener la fe y la esperanza de muchos, con la mirada que permite descubrir a Dios que habita en nuestra ciudad, en nuestras calles y en nuestras plazas; que vive entre los ciudadanos, promoviendo solidaridad, fraternidad, deseos de bien, de verdad y de justicia. (cf. Francisco, “Evangelii Gaudium”, n 71) 3

3.- En este clima espiritual de confianza y esperanza, permítanme algunas reflexiones, como un aporte humilde a la hermosa y común tarea de otear el horizonte de nuestro auténtico futuro de esperanza.

3.1.- Llamados a ser “Centinelas de la aurora”.

¿En qué consiste la vocación y la misión del centinela llamado a aguardar la aurora? ¿Cuál es su identidad más profunda y cuál su responsabilidad histórica?

El centinela es quien espera con confianza la llegada de un nuevo día y salta de gozo por la vida que florece; es un cultivador incansable de optimismo y de esperanza y es también el vigía, que renuncia al sueño de la noche para evitar los peligros y ser sorprendido por el enemigo. Es un hijo de la luz que aprende a vivir en la noche sin ser de la noche. En su significado más bello, hace referencia al vigilante, que lucha contra el letargo y la negligencia que puede dañar irreparablemente la vida de los demás y la propia. Por eso, el centinela vigila para que ningún mal llegue a turbar la vida buena de todos; es el profeta que, con alegría, anuncia la belleza de los tiempos nuevos y, al mismo tiempo, devela lo efímero, lo que daña y lo que engaña. Es el sembrador que cree en la bondad de la semilla que esparce, y que, como sabio agricultor, la cuida sabiendo esperar el sol del verano para que el tallo verde madure en una espiga dorada y henchida de granos. Es el agricultor paciente que cava, una y otra vez, alrededor de la higuera que no ha dado fruto, aguardando que sus cuidados la hagan rendir fecunda.

3.2.- Una responsabilidad común.

¿A quién le corresponde ser centinela de la aurora?

No cabe duda: la respuesta es, a toda la comunidad. A todos nosotros. A toda la sociedad, - y en ella -recuerda el Papa Francisco-, “de manera especial, al Estado cuya obligación primera es defender y promover “el bien común”, llamado a convertirse, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y a una opción preferencial por los más pobres.” (Laudato sí, nn. 157-158). Sí, todos y, en especial, quienes ejercen responsabilidades políticas, sociales u otros deberes. Con justa razón el Pontífice añade: “el marco político e institucional no existe solo para evitar las malas prácticas, sino sobre todo para estimular las mejores prácticas, para estimular la creatividad que 4

busca nuevos caminos para facilitar las iniciativas personales y colectivas.” (Ib.177). “Es de esperar -agrega- que la humanidad del siglo XXI pueda ser recordada por haber asumido con generosidad sus graves responsabilidades.” (Ib. 165). Por ello, hay que conceder un lugar preponderante a una sana y atenta política, capaz de responder a demandas verdaderas, de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas que permitan derrotar el cáncer de la corrupción y rechazar presiones e inercias viciosas. “Hay que agregar –continua el Papa- que los mejores mecanismos terminan sucumbiendo cuando faltan los grandes fines, los valores, una comprensión humanista y rica de sentido que otorguen a cada sociedad una orientación noble y generosa.”(Ib. 181). Porque, “cuando la cultura del relativismo se instala, es la misma patología que empuja a la persona a aprovecharse de otra y a tratarla como un mero objeto.”(Ib. 123).

En esta hora de la historia, como nación, nos cabe a todos la hermosa y noble misión de otear el horizonte, para descubrir y adherir a la esperanza que no engaña, la promesa de vida abundante que Dios ha inscrito en el alma de Chile, para sus hijas e hijos. En pleno proceso eleccionario, se nos ofrece, entonces, una excelente oportunidad para valorar el rol de la política, para superar la tentación del descredito, de la desconfianza y de las polarizaciones estériles y para reafirmar el propósito de hacer real el proyecto de una estatura cívica alta, puesta al servicio de todos, de manera especial, al servicio de los más postergados. A ello, con humildad, quiere contribuir la Iglesia. La visión de quienes creemos en Jesucristo, no pretende ser exclusiva, ni excluyente, pero, a la vez, y buscando el bien superior del país, quiere una voz que anuncia, con convicción ciudadana, lo que no podemos ni debemos callar. “Nosotros como cristianos tenemos el deber de ofrecer el pleno testimonio de la esperanza que está en nosotros. No debemos temer que pueda constituir una ofensa a la identidad del otro, lo que en cambio, es anuncio gozoso de un don para todos y que se propone a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno.” (cf. Juan Pablo II en, Novo millenio ineunte, n.56).

4.- Centinelas anuncian la vida, la vida abundante de todos.

Cual diamante esplendoroso, en el alma de Chile brilla una de sus más nobles convicciones: la sacralidad de la vida, de toda vida humana, desde su concepción, en todo el arco de su desarrollo y hasta la muerte natural: la vida, el primero y el más fundamental de los derechos humanos, pilar granítico sobre el cual se cimientan todos los demás derechos. En esta acción de gracias por la Patria, con el Papa Francisco 5  y toda Iglesia, con voz clara y humilde a la vez, reiteramos que “es tan grande el valor de una vida humana, y es tan inalienable el derecho a la vida del niño inocente que crece en el seno de su madre, que de ningún modo se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar decisiones con respecto a esa vida, que es un fin en sí misma y que nunca puede ser objeto de dominio de otro ser humano.” (cf. Amoris laetitia n.83). Por eso, respetuosos de la legislación que el Estado se ha dado, “nuestra opción por la vida se traduce en redoblar nuestro esfuerzo para seguir acompañando a las mujeres que viven situaciones límite en su embarazo, a las que deciden continuar con él y a las que piensan que el aborto es una solución. La Iglesia… ofrece sus manos y extiende su abrazo de servicio a todas las personas que necesiten paz, amparo, apoyo y consuelo.” (cf. Mensaje del Comité Permanente, 21 de agosto de 2017). Recordando que el “valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarrollo” (Francisco, en Laudato Sí, 136), conscientes que “si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social” (Cf. Benedicto XVI en Caritas in Veritate, n 18), nuestro compromiso seguirá siendo anunciar el “Evangelio de la vida” y prestar nuestra solidaridad y colaboración para que ésta sea siempre respetada y promovida.

Doy gracias a Dios, por el testimonio valiente y coherente de tantas y tantos seguidores de Jesús que han sabido dar razón de su fe inquebrantable en la sabiduría de Dios.

La Iglesia enseña que “los hijos son el don más excelente del matrimonio”; que los esposos, varón y mujer, al transmitir la vida humana, tienen “una participación especial en la propia obra creadora de Dios” (Gaudium et Spes, 50) y que, de esta manera, “pintan el gris del espacio público, llenándolo del color de la fraternidad, de la sensibilidad social, de la defensa de los frágiles, de la fe luminosa y de la esperanza activa.” (Francisco, en Amoris laetitia, n 184).

Con asombro y gozosa gratitud, junto al salmista, los invito a orar: “Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu Nombre en toda la tierra! Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que en él fijaste: ¿qué es el hombre para que te acuerde de él, el ser humano para que te ocupes de él? ... ¡Lo hiciste apenas inferior a un dios, lo coronaste de gloria y esplendor, le diste poder sobre las obras de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies.”(Salmo 8).

¡Que este asombro por la vida nos impulse a su acogida incondicional, llene de sonrisa nuestra patria, de sabiduría a su mente y esperanza a su corazón! 6

5.- Centinelas que anuncian la belleza y la fecundidad de la cultura de la acogida, de la comunión y de la solidaridad.

Los textos de la Sagrada Escritura que han resonado hoy en nuestra Asamblea, nos han hablado de “sabiduría”, de “sal” y de “luz”; sabiduría, sal y luz, indispensables para transformar en cultura los cuatro verbos que el Papa Francisco invita a conjugar, en relación a los migrantes y a los refugiados: acoger, proteger, promover e integrar, verbos que, adecuadamente articulados, harán posible el crecimiento de la cultura del encuentro, la acogida, la solidaridad y la comunión, y que permitirá que Chile sea como “un racimo que madura”, sazonado por la sabiduría de su historia y alumbrado por el Sol de la justicia y de la paz.

Es verdad, en los horizontes de un nuevo amanecer, no faltan nubarrones obscuros, sin embargo, y damos gracias por ello, se nos da vislumbrar la silueta de proyectos que llenan de esperanza y estimulan a la corresponsabilidad: son los niños y los jóvenes de nuestra Patria con los cuales aún mantenemos deudas de abandono y de una educación de mayor calidad; son los rostros de migrantes y refugiados que, junto a ciudadanos chilenos, buscan amasar el mismo pan de la dignidad, la acogida y la integración, como lo hicieran otros tiempos, un Andrés Bello, un Ignacio Domeyko, una Bernarda Morín o un Alberto De Agostini en el extremo sur de nuestra tierra; son los adultos mayores que nos reclaman trato y pensiones dignas; son los pobres y marginados con sus sueños de justicia y solidaridad; tantas familias que aspiran crecer en el amor y en la comprensión; enfermos que invocan el derecho a salud ; encarcelados que esperan que la privación de libertad no sea solo un castigo, sino una oportunidad para rehacer la vida; son ciudadanos y ciudadanas que desean contribuir al mundo de la política, de la cultura, de las ciencias, de las artes para hacer de Chile “un hogar para todos”.

¿Qué les es dado esperar? ¿Cuál es la esperanza que nos corresponde alimentar?

Chile necesita volver a encantarse con la cultura de la acogida empática, del respeto mutuo y de la colaboración generosa que caracteriza su alma, para contrarrestar los nubarrones de una cultura relativista, egoísta y excluyente.

Necesita derrotar la fascinación por la violencia y el atropello que hunden sus raíces en el vacío de significado de sí y del derecho de los otros, paraliza la búsqueda del bien común que la sociedad organizada está llamada a cultivar. Necesita poner atajo a la violencia insensata y a la desesperación que no llevan a nada. Necesitamos avanzar hacia una antropología de sentido que la fe del pueblo lleva su plenitud más alta. 7

Es urgente superar la tentación de un laicismo agresivo que pretende marginar la fe del pueblo de la esfera pública y que, arrogantemente busca negarle la justa visibilidad propia de una respetuosa libertad cultural.

Recordando el mensaje de San Juan Pablo II a nuestra tierra hace justo treinta años y en vísperas de la visita del Papa Francisco, en la atmósfera preelectoral que nos rodea, confiamos a la intercesión de la Virgen del Carmen el propósito de cultivar una ejemplar amistad cívica haciendo realidad la vocación de Chile, llamado al entendimiento y no de enfrentamiento.

Conclusión

Concluyo estas palabras con una esperanzadora invocación, entresacada de los capítulos 51 al 54 del Profeta Isaías.

Chile, sus habitantes y todas sus esperanzas están presentes en ella:

“Despierta; levántate, Jerusalén, y ponte de pié…

Despierta, despierta Sión, revístete de fuerza…

Vendrá un día en que mi pueblo reconocerá mi nombre, cuando yo le diga: ¡Estoy contigo!

¡Qué hermosos son sobre los cerros los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y anuncia la victoria.

Grita de júbilo…, rompe a cantar de alegría...

Ensancha el espacio de tu tienda y de tus lonas;

Extiende tus moradas con libertad;

Clava tus estacas y alarga sus cuerdas porque te extenderás a derecha y a izquierda…

No temas, no quedarás en ridículo…, el Señor todopoderoso, tu Redentor es el Santo de Israel, -se llama Dios de toda la tierra-…

El Señor te llama de nuevo.

Abre el corazón a la esperanza. No dejes que te roben el tesoro de tu alma.

Con esta confianza seremos centinelas de la aurora.

Amén

       



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